En la penumbra de un país que parece debatirse entre la esperanza y la desmemoria, la voz de Napoleón Becerra García irrumpe como una cantimplora en el desierto de voces. No es solo un discurso político: es un llamado que se transforma en viento, que atraviesa las montañas y despierta a los pueblos dormidos. Cada palabra pronunciada en Napo TV se convierte en semilla, y las semillas, como si obedecieran a un pacto ancestral, germinan en los corazones de los trabajadores y emprendedores que lo escuchan.
El candidato denuncia la inseguridad, la indolencia, la privatización de lo que alguna vez fue símbolo de soberanía. Pero en su relato, las injusticias no son solo hechos: son espectros que rondan las calles, sombras que se alimentan de la sangre de los transportistas y del miedo de las bodegas. Frente a ellas, Becerra invoca un ejército invisible: los espíritus de Velasco, de Máxima Acuña, de los guardianes de la Amazonía, que se levantan como centinelas de la patria.
En su visión, Petroperú no es una empresa: es un río de fuego que atraviesa la historia, y que ahora amenaza con ser vendido como si fuera un espejismo. Los poderes fácticos aparecen como titiriteros ocultos, moviendo hilos de humo, mientras el pueblo —ese pueblo que carga cinco siglos de sed de justicia— comienza a romper las cadenas que atan su destino.
Este mensaje se convierte entonces en una fábula mágica: las universidades prometidas florecen como árboles en cada provincia, los institutos tecnológicos se reactivan como volcanes dormidos que vuelven a rugir, y los jóvenes que hoy vagan sin rumbo encuentran en la educación un camino iluminado por luciérnagas. Los adultos mayores son cuidados por manos invisibles que brotan de la tierra, y los niños juegan bajo un cielo que, por primera vez en mucho tiempo, no amenaza tormenta sino arco iris.
Napoleón Becerra no habla solo como candidato: habla como un narrador de mitos, como un tejedor de realidades posibles. Su voz provinciana se convierte en canto colectivo, y en ese canto se escucha un eco antiguo: “Triunfaremos, triunfaremos. Las cadenas sabremos romper.”
Napoleón Becerra nos recuerda que en el Perú, la política no es solo gestión: es también ritual, es también sueño. Y en ese sueño, los trabajadores y emprendedores se levantan como gigantes de barro y fuego, dispuestos a refundar la república.
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